The Changeling: ventriloquía del espacio


Título en español: El intermediario del diablo
Año: 1980
Director: Peter Medak
Duración: 115 min
Director de fotografía: John Coquillon

Como en una pesadilla bien elaborada, las escaleras, los huecos, pasillos y ventanas cobran vida en The Changeling.

El escritor original de la obra, Russell Hunter, no se limitó a escribir una historia de terror común con un final feliz o trágico, sino que utilizó el espacio para dar voz a los mensajes que incluso una persona incrédula no podría dejar pasar. El brillo de este filme descansa en la muy lejana posibilidad de que una casa hable con sus habitantes, como si fuera una marioneta controlada por fuerzas desconocidas. No hay monstruos, posesiones demoniacas ni villanos sin sentido: solo una comunicación desesperada tan natural que da miedo, cuyo receptor y su pasado trágico aportan muchísimo más a la profundidad del mensaje.

En la historia pareciera que la muerte del fantasma está conectada con la vida de John Russell (maestro de música y compositor) por la tragedia. Tras un terrible accidente en el que a su hija, se muda a la misteriosa mansión Carmichael. El fantasma del pequeño Joseph Carmichael utiliza objetos que a John le recuerdan su propia pérdida, por lo que es imposible no prestar atención a los mensajes de la casa. La disposición de la mansión, los movimientos, los sonidos y silencios son el medio material con el que habla el espíritu de Joseph. El espacio no es un personaje en sí mismo, sino la encarnación de alguien que no ha podido descansar en paz y necesita rescatar su memoria, haciendo que el espacio sea una herramienta activa en la trama.

Los alcances de la marioneta: visiones del autor y del espectador

La mansión no es simplemente una casa embrujada: todos sus movimientos tienen una intención concreta para llevar a John a resolver el misterio. Cuando suenan los golpes, John queda atento; cuando lanza la pelota desde el ático, John se acerca y cuando el sonido es más desastroso, es porque John está muy cerca de la verdad. Cuando el protagonista descubre el lugar donde ocurrió todo, las demás articulaciones de la casa crean movimientos y mensajes más finos para guiar la historia. Desde el inicio John recorre el espacio casi con un método que difícilmente sería al azar, pues la casa lo guía. Es evidente cuando los espacios son simples escenarios de posesiones demoniacas o fantasmas que buscan venganza; por eso, como John no es lastimado o asustado de forma indiscriminada, entonces entendemos que se trata de un llamado de auxilio.

Los intermediarios inadecuados obstaculizan la comunicación

Es un hecho que el misterio y la necesidad de ayuda fueron urgentes desde el día mismo del crimen. Sin embargo, el mensaje cayó en oídos incapaces: espectadores inadecuados y una interpretación lógica que reducía los golpes a tuberías, el agua a fugas y las puertas a dilataciones. La Sociedad Histórica, la policía y los registros de propiedad – hechos para custodiar los cascarones de los espacios, no las historias que viven en ellos – no fueron capaces de acercarse un poco a la verdad. Fue sencillo para un hombre poderoso manipular dichas instituciones y fijar las versiones oficiales que la mansión desmentía en cada cuadro. El único archivo veraz era la casa, y el único espectador que entendió fue el que llevaba en el corazón la posibilidad de escuchar a un niño muerto por su propia tragedia.

Cuando no hubo más que decir, el medio se consumió: el final no es precisamente el enfrentamiento del bien sobre el mal, sino el muy tardío punto final a una vida. En esta película el protagonista y la fuerza sobrenatural no iban en sentidos contrarios: se unían en una misma misión. La mansión asumió el trabajo de hablar por el que no tenía cuerpo, organizando signos hasta convertirlos en pruebas y finalmente, en una conclusión contundente. Una historia de dolor, búsqueda de justicia, memoria y reparación a través de la arquitectura, la cual elaboró un sutil mensaje que evitó que John huyera antes de investigar. Como la verdad fue enterrada, el espacio custodió y pronunció la memoria hasta que todo fue descubierto.


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